Lunes 4 de julio 2011
llegamos a las diez de la mañana al puerto de Valparaíso, donde nos esperaba una tediosa agenda de trabajo. Encontramos las calles cercadas con bayas papales (nombre mas ad-hok para unas barreras de represión no podía haber) por las próximas manifestaciones de repudio en contra del gobierno y sus malas decisiones, frente al congreso nacional y la celebración de un aniversario más de la ineficacia parlamentaria.
Tuvimos que caminar con los bolsos y equipos hasta el hotel Ohiggins, aquí me encuentro con El Secoya , un futbolista frustrado que se dedicó a hacer periodismo para programas de televisión. Siendo su compañero de ideas y excentricidades creativas, yo, un músico frustrado que se dedico a hacer cualquier huevada con tal de no sentirse oprimido por el cuello y la corbata.
Secoya me cuenta sobre su acta de nacimiento y sus orígenes costeros, en tanto uno que otro sutil juego de palabras hacen de una historia llena de datos verídicos, un chiste.
Nombra más de quinientos equipos, jugadores y anécdotas del acontecer futbolero del continente, mientras tanto pienso en su real sueño (el futbol), pararse bruscamente y salir un día corriendo de su trabajo con un par de zapatillas con toperoles y mandar todo a la misma cresta, para dedicarse definitivamente a su tan amado deporte, y no exclusivamente a jugar, sino, a rescatar cada uno de esos momentos ricos en folclore popular y empastarlos en un libro que haga de su nombre un eco dentro del medio (deportivo).
Cuantos no hemos querido salir corriendo de nuestros deberes y tomar el control absoluto de nuestros deseos, no rendir cuentas a ningún padre, madre, jefe, hermano, amigo y como es en mi caso, hasta el propio razonamiento.
El joven periodista desea que termine pronto al laburo, y así sentarse tranquilo a observar como se desempeña la selección nacional de futbol en la copa América desde Argentina...quisiera estar en Argentina, y no en el estadio, sino llenando mis ojos y mis oídos de la bohemia bonaerense, que más puedo decir, es solo mi opinión.
Un adiós perdido y una desaparición brusca, el secoya no regresa ni se despide, solo quiere tener un reencuentro, con el lado mas humano de su existencia, lograr refugiarse dentro de una cueva llena de sus mismos miedos y así enfrentarlos y tratar de superarlos, mientras yo, en mis lejanos pensamientos me transformo en algo así como un ente aterrador que vaga por las calles porteñas junto con un malgastado padre de familia, uno que aun vuela como un cuervo sobre el maizal.
Mirábamos el horizonte alternativo de nuestra realidad no ordinaria, con palabras largas, pausadas, lentas; sentí el temor de mi compañero clavarse en sus ojos, como los clavos del cristo en la cruz, sin saber a donde ir ni que hacer, desesperado y moribundo, refugiándose en mis relatos, incoherentes relatos de otros viajes estáticos, hasta que de pronto el sonido de un aparatejo estridente nos da la señal de alerta, si, era él, el gran secoya al habla, encargándonos una misión, yo casi sin un mínimo de cordura secuestro al cuervo y nos dirigimos a una recepción.
El hombre, viejo era por sus canas, temblaba como un niño asustado, dejando afuera toda esa valentía de señoron mujeriego tirada en el suelo, yo mientras miraba a mi compañero como con breves palabras preguntaba cosas, yo miraba, el hombre hacia que su voz pareciera tener interferencia electromagnética, no entendíamos nada, seguíamos siendo los mismos, pero por fuera nos percibían de forma diferente.
Una explosión de carcajadas y preguntas en el aire, ¿quienes somos?, ¿que hicimos?, ¿por qué nos miran así?, eramos otros tratando ser nosotros mismos.
Un pájaro paso al lado de mi oreja, y dos ojos se iluminaron en el centro de una glorieta cubierta por la sombra, los cerros eran de agua y venían acercándose lentamente hacia mi, yo reía (aterrado por dentro), nunca supe quien estaba conmigo, me parece haber escuchado a un cadáver contarme sus historias de borracheras y peleas. Todos eramos fieles a la noche, salvo todos los demás. No entiendo... callate y duerme.
Cada cual con lo suyo, al final nadie termina siendo algo, todos variamos, sobre todo cuando nada se sabe y el compañero del lado sueña con ser algún día dueño de un club deportivo.

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