Estuve esperando día tras día, sudando y durmiendo parado, a que los jueces decidieran mi condena, yo solo quería volver a estar en paz conmigo mismo, solo necesitaba ver dentro de mi cabeza y de mi alma, los rincones en donde el sueño de la libertad se forja como espada afilada, pero no, ahí me tenían colgando de una cuerda invisible, con los pantalones abajo y unas orejas de perro colgando de mi cuello, humillado, torturado y nuevamente humillado.
Me quitaron todo, se vistieron con mis ropas y bailaron con mi música llena de bondad, amaron con mis versos y maldijeron con mis consignas de odio, me secaron por fuera, pero por dentro aun se escondía esa bestia soñadora que solo busca el momento oportuno para atacar y descuartizar a su presa.
Y llegue a esta instancia solo por decir la verdad, solo por enfrentarme contra quienes gustas de ser humillados, ay de aquellas pobres palomillas, que se funden en un solo apretón de manos, las rocían con sal y quedan como tontas.
Cuando habrá sido el momento en que pensamos en ser libres, cuando el hombre tuvo la crueldad de inventar ese término, la libertad no se escucha ni se habla, se vive, y nada ni nadie puede robarla a no ser que tu libertad dependa de eso...
infinito, infinito, infinito, finito y refinado señorito, juega solo con su perro, pero el perro le caga los zapatos, el padre lo derriba con un tiro, el niñito llega luego con un gatito que lo araña.
Finalmente me condenaron, seguir por siglos donde mismo estaba, así es, fui condenado a esperar mi condena y a seguir soportando la humillación, pero lo esperaba, creí siempre que no serian capaces de concretar mi muerte, ellos desean tenerme y aprovecharse de mi, antes que dejarme bajo tierra y no pueda darle respuestas a sus tristes vidas.
cuélguense mejor del árbol navideño, pobres jueces miserables, ministros de ascienda y presidentes y jefes, a ver si el pascuero les regala un cohete con pasajes directos al empalamiento.

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